Originalidad, vanidad, expresión, mainstream
El talento es importante. Pero ahí fuera hay talento por todas partes.
Por lo tanto, el trabajo es imprescindible. Es la llave del éxito duradero en la enorme mayoría de los casos.
Pero qué crucial es también el creérselo. Creer que puedes hacer lo mismo de siempre pero mejor, o hacer que los demás lo crean.
Mi obsesión con la originalidad ha llegado en muchas ocasiones al extremo. He dejado de escribir muchas entradas porque sabía que la idea que necesitaba plasmar seguramente ya la habrían tratado muchas personas antes. También he dejado de componer montones de canciones porque los acordes que a mí me sonaban bien ya habían sido usados en mil canciones. Siempre he creído, unas veces más conscientemente que otras, que no tenía ningún sentido ni mérito hacer lo que muchas otras personas ya habían hecho, aunque lo único que lograba con este pensamiento era quedarme de brazos cruzados…y no hacer nada.
Por supuesto, también me frenaban otros factores, como el perfeccionismo, o (aunque me duela reconocerlo) no poder tener la certeza de que esto o aquello lo estaba haciendo mejor que nadie (o mejor que un grupo cualquiera de personas, al menos). ¿Para qué voy a cultivarme si siempre habrá alguien que sea más culto que yo?, por poner un ejemplo pedante. A mí misma me sorprende advertir lo competitiva que puedo llegar a ser. Aunque lo odie, sé que necesito “luchar” contra un algo que no sea invisible. Compitiendo tienes la oportunidad de ganar, y si lo haces, aumentas tu vanidad. A pesar de que es algo que odio: me horroriza no encontrar una razón para hacer algo que, en el fondo muy fondo, no tenga algo que ver con un intento de superar a los demás en uno u otro campo. No sé si es algo característico de la condición humana o solo me pertenece a mí y dice muy poco de mi persona.
Pero, volviendo al problema de la originalidad (cómo puedo llegar a delirar), he cambiado de parecer. Muchas de las personas que me conocen probablemente me consideran bastante cerrada, y estoy muy de acuerdo con ellas, pero la realidad es que necesito expresarme tanto como cualquiera de ellas. Por eso, sé que debo enterrar el miedo a repetir algo mil veces dicho, a buscar un orgullo vacío o a no expresarme (ya sea verbal, musicalmente o por el medio que sea) de manera perfecta. Si no lo intento, seguiré sintiéndome igual de vacía y aún más estúpida e inútil que de costumbre.
Así, he comenzado a apreciar esas citas típicas que encuentras en cualquier red social, porque, aunque manidas, encuentro verdad en muchas de ellas. También he empezado a aceptar que ciertas progresiones armónicas se usan tan a menudo porque, simplemente, al oído humano le molan. Y considero que es una puta bendición ser normal en algunos aspectos, porque en muchos otros me encantaría serlo. Se me acabó la rebeldía adolescente, dejaré que la sociedad empiece a ganarme el pulso (con muchas reservas, ¡por supuesto!
Así que confesaré que el principio de esta entrada lo ha inspirado un anuncio de la tele que miles de españoles habrán visto y que voy a cerrar con un fragmento de una película que montones de chicas han puesto en sus tablones de Tuenti, porque viene muy a cuento y… más que nada, porque es muy bonito.
Todo lo que hagas en la vida sera insignificante, pero es muy importante que lo hagas porque nadie más lo hara, como cuando alguien entra en tu vida y una parte de ti dice: “No estas mínimamente preparado para esto”, pero la otra parte dice: “Hazla tuya para siempre…”